martes, 9 de abril de 2013





Los mordahútos suelen contar sus bienes en silencio. Llevan a sus hijos a colegios caros, no tanto para que aprendan mucho (pues recelan de todo conocimiento que no cotice en bolsa),  sino para que frecuenten gentes con apellidos largos y capitales estorbosos; aún más, sueñan con unirlos a los suyos en alguna ceremonia al aire libre, con chaqué y tarta de merengue, ramo para las solteras y video completo en 3D para la familia. 

Los mordahútos odian el golf. Pero todas las semanas juegan un green como oblación, para que el Todopoderoso Dios Business les sea propicio. En estas devociones aprenden a comprar obras de arte que no entienden. Cuando las cuelgan en los muros de su chalet de lujo, se quedan contemplándolas largo rato con un güisqui de marca en la mano, y sienten ganas de llorar. No entienden cómo alguien tan inútil puede ganar tanto dinero. Pero ellos no tienen la culpa. Nadie les enseñó jamás a contemplar un campo de amapolas sin imaginar excavadoras.

Por eso envidian secretamente a las esperpentas, que son capaces de hacerse sombreros con las hojas naranjas de los periódicos, y ponerse así el mundo financiero por montera. Y sonreír aunque no entiendan las magníficas transacciones que sin saberlo llevan en la cabeza.  

martes, 26 de marzo de 2013

Estos días las coliandras salen a la calle con mantilla y abanico. Gustan de los ritos y las demostraciones públicas. Por eso se desesperan cuando las esperpentas, despreocupadas en su desorden, olvidan los horarios por ir a contemplar las puestas de sol y maravillarse de tanto color gratuito,  o se detienen a conversar con los sauces llorones, y al final  se quedan en silencio en los bancos traseros, meditando qué complicado y qué sencillo es el oficio de vivir. Las coliandras reprueban esa conducta, pero ahora se hallan confusas, pues en el tablón de horarios, el Encargado ha borrado la parrilla de deberes y ha escrito en el recuadro de obligaciones del Día: DEBERES PARA HOY: AMARSE SIN MEDIDA.

domingo, 24 de marzo de 2013

De la ambición de los mordahútos y la candidez de las esperpentas (I)

Desde esta tarde nevada y triste de Bruselas, con un "ciel si gris qu´il faut lui perdoner", la televisión por cable me habla de preferentes y letras pequeñas que larvaban estafas a gentes incautas...

Los mordahútos tenían extensos campos de castaños. Las cosechas crecían y cada otoño, los campos se cubrían de castañas marrones, tripudas y lustrosas. Pero nunca se sentían satisfechos. Con el deseo de aumentar el número de castañas idearon un plan. Conociendo la pasión que sienten las esperpentas por guardar las cosas que puedan servirles en un futuro,  pusieron una bonita tienda en la que vendían lindas cajas con un lazo y una etiqueta que decía: “Castañas”.

Las esperpentas acudieron a comprar sus cajas lindas con la etiqueta de “Castañas”, pero cuando la abrieron un poquito para mirar por una esquina, vieron que dentro no había nada. Azoradas preguntaron que dónde estaban las castañas.

Los mordahútos les explicaron, con ese tono que utilizan cuando hablan con las esperpentas, entre didáctico y paternalista, que no había que preocuparse. En realidad, las castañas estaban a buen recaudo, para que no las deteriorara la intemperie, y no fueran devoradas por la glotonería que sienten a veces las esperpentas en las tardes tristes de lluvia y viento del este. Así, cuando realmente las necesitaran, podrían venir a pedírselas al almacén. De ese modo, además, serían propietarias de una parte proporcional de los castaños que platarían en el Campo de la Ambición que comprarían con el dinero obtenido por las cajas.

Cuando las esperpentas vieron llegar el invierno y se acabaron sus provisiones, recordaron sus cajas lindas, y fueron a pedir sus castañas a los mordahútos. Éstos les dijeron que no podían entregárselos, pues los habían plantado para obtener más castaños. Dentro de cuarenta años, tendrían sus castañas aumentadas en un 10 por ciento.

-       Pero nosotras queremos comer castañas asadas este domingo, después del paseo por la alameda.
-       Vuestras castañas están bajo tierra; esperad a que den fruto.
-       Pero si tienes un montón de castañas en el almacén
Los mordahútos menearon la cabeza con gesto de “estas ignorantes no entienden nada”,:
-       Pero ésas no son las vuestras. Las de vuestras cajas están sembradas. Ahora marchaos, que vamos a cerrar.

Las esperpentas, entonces rompieron a llorar con grandes gritos de desolación. El llanto de las esperpentas suele ser clamoroso y profundo, sobre todo cuando se debe a injusticias que ni las comadrejas se atreven a cometer. Plañieron todo aquel  invierno. El clamor fue tan estrepitoso, que el Viento de la Mañana arreció. De tal forma zarandeó a los castaños de los mordahútos, que hizo caer sus frutos al suelo, antes de que los avariciosos mordahútos pudieran recogerlos. Las esperpentas entonces corrieron a recolectar lo  que era suyo, ya aquel invierno pasaron largas veladas junto al fuego recitando poesías y merendando marrón glacé con té de arándanos silvestres.