De la ambición de los mordahútos y la candidez de las esperpentas (I)
Desde esta tarde nevada y triste de Bruselas, con un "ciel si gris qu´il faut lui perdoner", la televisión por cable me habla de preferentes y letras pequeñas que larvaban estafas a gentes incautas...
Los mordahútos tenían extensos campos de castaños. Las
cosechas crecían y cada otoño, los campos se cubrían de castañas marrones,
tripudas y lustrosas. Pero nunca se sentían satisfechos. Con el deseo de
aumentar el número de castañas idearon un plan. Conociendo la pasión que
sienten las esperpentas por guardar las cosas que puedan servirles en un
futuro, pusieron una bonita tienda en la
que vendían lindas cajas con un lazo y una etiqueta que decía: “Castañas”.
Las esperpentas acudieron a comprar sus cajas lindas con la
etiqueta de “Castañas”, pero cuando la abrieron un poquito para mirar por una
esquina, vieron que dentro no había nada. Azoradas preguntaron que dónde
estaban las castañas.
Los mordahútos les explicaron, con ese tono que utilizan
cuando hablan con las esperpentas, entre didáctico y paternalista, que no había
que preocuparse. En realidad, las castañas estaban a buen recaudo, para que no
las deteriorara la intemperie, y no fueran devoradas por la glotonería que
sienten a veces las esperpentas en las tardes tristes de lluvia y viento del
este. Así, cuando realmente las necesitaran, podrían venir a pedírselas al
almacén. De ese modo, además, serían propietarias de una parte proporcional de
los castaños que platarían en el Campo de la Ambición que comprarían con el
dinero obtenido por las cajas.
Cuando las esperpentas vieron llegar el invierno y se
acabaron sus provisiones, recordaron sus cajas lindas, y fueron a pedir sus
castañas a los mordahútos. Éstos les dijeron que no podían entregárselos, pues
los habían plantado para obtener más castaños. Dentro de cuarenta años,
tendrían sus castañas aumentadas en un 10 por ciento.
-
Pero nosotras queremos comer castañas asadas
este domingo, después del paseo por la alameda.
-
Vuestras castañas están bajo tierra; esperad a
que den fruto.
-
Pero si tienes un montón de castañas en el
almacén
Los mordahútos menearon la cabeza con gesto de “estas
ignorantes no entienden nada”,:
-
Pero ésas no son las vuestras. Las de vuestras
cajas están sembradas. Ahora marchaos, que vamos a cerrar.
Las esperpentas, entonces rompieron a llorar con grandes
gritos de desolación. El llanto de las esperpentas suele ser clamoroso y
profundo, sobre todo cuando se debe a injusticias que ni las comadrejas se
atreven a cometer. Plañieron todo aquel
invierno. El clamor fue tan estrepitoso, que el Viento de la Mañana
arreció. De tal forma zarandeó a los castaños de los mordahútos, que hizo caer
sus frutos al suelo, antes de que los avariciosos mordahútos pudieran
recogerlos. Las esperpentas entonces corrieron a recolectar lo que era suyo, ya aquel invierno pasaron
largas veladas junto al fuego recitando poesías y merendando marrón glacé con
té de arándanos silvestres.